
Relato de la primera ascensión al Torreón de Los Galayos (Gredos), realizada por Teógenes Díaz y Ricardo Rubio, el 14 de mayo de 1933.
Al emprender cualquier actividad de alpinismo o escalada, es importante (además de enriquecedor y bonito) conocer el contexto histórico de las mismas.
De esta forma podremos valorar los logros de aquellos pioneros que se atrevieron a acceder a cimas y rutas inexploradas que hoy en día siguen teniendo entidad dentro del mundo de la montaña.
En el texto que tienes a continuación se recoge el relato que Teógenes Díaz escribió (en la Revista Ilustrada de Alpinismo Peñalara del año 1933), para detallar el primer ascenso que -junto a Ricardo Rubio en el año 1933– realizó a una de las cimas más emblemáticas de la Sierra de Gredos y del territorio español: se trata del Torreón de Los Galayos.
Para dar una riqueza al relato, se incluyen fotografías antiguas y actuales.

El Torreón de los Galayos (Gredos), por Teógenes Díaz:
Habiendo escuchado de labios de algunos «peñalaros», la existencia de un torreón en los Galayos, considerado inaccesible a primera vista por su imponente aspecto y total aislamiento, decidimos tirarle un tiento mis dos amigos, Ángel Tresaco y Ricardo Rubio, y el que estas páginas escribe. Obligaciones profesionales impidieron al primero acompañarnos.

Los preparativos son rápidos, algunas provisiones y los útiles de escalada, cuerdas y anillos y el indispensable saco de dormir, pues el plan es pasar la noche lo más cerca posible de la base donde hemos de operar, para estar descansados al emprender la dura labor que supone siempre la escalada a una cumbre inédita.
El viaje lo hago en el automóvil de línea Madrid-Arenas.
Es la una y media y ya me está esperando Ricardo a la llegada del coche, pues salió la víspera de Madrid haciendo el viaje en bicicleta hasta Arenas de San Pedro.
Comemos y lentamente iniciamos la subida a Guisando. El calor ataca de firme, dejamos la carretera y nos metemos por un atajo que nos ahorra tiempo y polvo.
Una hora escasa llevamos de marcha cuando entramos en Guisando, pintoresco pueblecillo enclavado en el pinar y teniendo por fondo las crestas de la montaña salpicada aún de grandes neveros.
Un gran camino se abre a las afueras del pueblo, que nos conducirá a la Apretura, sitio así llamado por estrecharse la garganta hasta casi juntarse las dos vertientes de la montaña; la pared de la derecha, los Galayos, y la de la izquierda, las vertientes de la cuerda del Amealito y de la Mira.
En el sitio llamado Nogal del Barranco, a hora y cuarto del pueblo, nos chapuzamos en el río que baja de la Apretura, pues el calor es sofocante.
A las siete de la tarde, y debajo del primer Galayo que se encuentra en la Apretura, acordamos cenar y pasar la noche. El sitio es bueno; un venero de agua límpida y fresca se abre al pie del camino, del que quitamos unas piedras para allanarlo.
Hemos dado fin a unas sabrosas patatas, y después de cortar un poco de hierba para hacernos un poco más leve el suelo, nos metemos en nuestros sacos de montaña.
¡Qué silencio más imponente! ¡Cómo se recoge mi alma y goza en la contemplación maravillosa de la noche! ¡Cómo invita al ensueño! Un mundo de estrellas ha ido haciendo su aparición en el espacio que conforme la noche avanza aumenta en fulgor. A mi memoria acude el recuerdo de la canción bohemia que creo sentir en su fondo:
Mi patria es el mundo,
mi techo es el cielo …
… y el sueño, que todo lo sume en sombras, me aprisionó.

Amanecer.- He abierto los ojos en ese momento en que la luz difusa y como temerosa de rasgar las sombras, hace su aparición en la tierra; está amaneciendo y sigo con atención el proceso de la luz; los picachos que contemplo se transforman, retornan a la vida y se llenan de luz y alegría a la sola caricia del sol que los saca de su estatismo. Este espectáculo de la Naturaleza contiene tanta belleza y dinamismo, que la retina del hombre no puede captarla por entero, y es el pensamiento el que vuela y se remonta a lo infinito.
Hemos salido de nuestros queridos sacos y sumergido nuestros rostros en las frías aguas del manantial.
El desayuno es sobrio: chocolate crudo, pan y mantequilla, que comemos silenciosos; después en el morral de escalada, pan, chocolate y dos naranjas, cuerdas finas para anillos de rappel, un buzón de «Peñalara», y las cuerdas de escalada al hombro. Son las siete.
Hemos llegado ante una gran canal abierta entre dos paredones y cubierta toda ella de nieve. Iniciamos la subida con grandes dificultades, pues debido a su inclinación es imposible remontarla sin ayuda de unos crampones o de un piolet; la marcha es a veces por llambrias, otras por la rimaya y otras, en fin, por su fondo, aprovechando la gran separación que existe en algunos sitios entre la nieve y la pared.
A media canal salvamos un paso de cuidado, remontando un torrente hasta una pequeña meseta.
… Y ha surgido de pronto, ante nosotros, como un juego de taumaturgia, imponente y severo, negro y vertical, y le contemplamos absortos y escépticos al mismo tiempo … , la duda muerde en nosotros.
Continuamos hacia arriba, pegados a las paredes de las crestas que este fantástico pico lanza hacia la Apretura en sentido de arriba abajo; el gateo es constante; llegamos a una pequeña horcada o paso, entre dos crestas rocosas, y nos asomamos por vez primera a la Apretura; estamos sobre una pared vertical de unos 60 u 80 metros desde su base.
Pasamos por una ancha cornisa horizontal (20 ó 30 metros fáciles), en seguida trepamos unos quince metros, dando la espalda a la Apretura, y llegamos a otra horcada formada por la pared Suroeste del pico y otra cumbre más baja. Hemos perdido de vista la cumbre del primero, y para tener mayor visual subimos a las piedras cumbreñas de la segunda.
Apreciamos que se puede continuar hacia arriba y ganar unos treinta y cinco metros más; pero después de una pequeña cornisa, la plomada rápida y brutal que repele todo intento.
Bajamos una cornisa de pendiente muy pronunciada (unos 20 m.), sirviéndonos de la cuerda, hasta un pequeño rellano, cara Oeste.

Ante nosotros, y a unos quince metros la de la derecha y treinta la de la izquierda, se abren dos chimeneas o, dicho con más propiedad, grietas. ¿Por cuál tirar? He aquí el problema: ¿será practicable la derecha?, ¿lo será la izquierda? Como hay que optar por una de las dos, le toca en suerte a la de la izquierda; cruzamos hacia arriba en sentido oblicuo unos pasos de pared bastante delicados, y llegamos ante la grieta, muy estrecha por cierto para el cuerpo de un hombre; intentamos llegar a ella, pero nos lo impide un paso de pared de los llamados colgados; dos intentos hago y uno Ricardo, que nos dejan con las muñecas dormidas.
Hemos quemado todos los cartuchos menos uno. ¿Será posible que este juez de paz del tiempo nos haga volver atrás?
Bajamos de nuevo al rellano y exploramos con avidez las llambrias que preceden a la grieta de la derecha, debajo de la cual estamos; en el primer paso le sirvo de base a mi camarada, que trepa por las llambrias casi carentes de tomas y del todo llenas de verdín; Ricardo ha quedado inmóvil, aprisionado por el morral y la cuerda que por olvido no se quitó; al fin, tras una corta lucha, logra desprenderse de ambas cosas y trepa decidido hacia el comienzo de la grieta, lo que logra tras de algunos esfuerzos.
El sitio es malo de verdad, iza el morral y a continuación me ato y trepo por el mismo camino, que conforme voy subiéndome doy cuenta bien de las dificultades de este paso, que considero como la clave de la escalada.
He llegado donde Ricardo, y ahora soy yo el que tomo la delantera, mientras él descansa del esfuerzo realizado que de momento le dejó sin fuerzas.
La grieta es estrecha y profunda, y trepo lentamente por sus bordes exteriores apalancando con piernas y brazos en flexión en ambas paredes.

Así subo unos veinte metros hasta una gran piedra, caída sin duda de más arriba y que cubre e intercepta la grieta.
Sin pensarlo, me agarro a la parte superior con las manos y me deslizo fuera de la grieta; mi cuerpo ha quedado suspendido en el espacio como un péndulo; trato de izarme a fuerza de brazos, pero la falta de buenos agarres para las manos y estar redondeados los bordes de la grieta, impiden mi deseo; forcejeo: debido a lo mucho que hemos trabajado hasta aquí, las fuerzas me abandonan y noto con angustia que me voy. ¿Habrá llegado mi hora? Pero no, el instinto manda, y haciendo un esfuerzo sobrehumano logro inclinar el mayor peso de mi cuerpo hacia dentro; las piernas han quedado aún colgando hacia fuera; he quedado extenuado con el cuerpo pegado a la piedra, que es plana; un frío sudor de agonía y angustia invade mi rostro, mientras el corazón late tan fuertemente a impulsos de la emoción sufrida, que parece va a escaparse del pecho.

Oigo las llamadas que me lanza mi camarada desde abajo, pero pasan varios minutos sin que pueda responder.
Al fin me sereno, las fuerzas vuelven lentamente y, poniéndome de pie sobre la piedra que pudo ser fatal para mi, ayudo a mi amigo a subir con el sistema de ir atirantando la cuerda a que va atado mientras él trepa, y que es el más indicado para evitar una posible desgracia, pues aunque el que sube se escurriese,
quedaría colgado sin recibir el más leve golpe, ya que la cuerda tirante lo hace imposible.
Nos reunimos, y para cobrar tuerzas devoramos una naranja sin mondarla.

Línea de trazos: ltinerario de Teógenes Díaz y Ricardo Rubio, el 14 de mayo de 1933 (las partes de puntos se refieren a los trazos ocultos en el grabado).
Línea de trazos y puntos: Itinerario de Ángel Tresaco y Enrique Herreros (el 11 de junio).
El núm. 1 indica el paso de llambrías o clave de la escalada.
El núm. 2 señala el sitio donde la grieta queda obstruída por una gran piedra, que hace de este paso uno de los más peligrosos
(foto: Enrique Herreros / Revista Ilustrada de Alpinismo Peñalara año 1933).
Diez o doce metros fáciles nos llevan a la hendidura cimera de la grieta que forma dos cumbres, trepamos por unas llambrias de la izquierda y llegamos al corte, en su parte alta, de la primer grieta que exploramos; al fin logramos pisar la cumbre.

iY qué cumbre! Puestos de pie sobre ella, créese uno inmaterial e ingrávido; tal sensación produce su estrecha cima, en la que hay que estar o de pie o a horcajadas.

Las perspectivas desde aquí no son muy amplias, pero en cambio, ¡qué agrestes y bravas son!; vemos la canal por donde subimos rodeada de altos paredones que la sumen en sombras perpetuas; hacia La Mira, los términos se hacen más suaves, no son tan duros, y al fondo el valle verde y luminoso, por cuyo fondo el milagro del agua que salta entre peñascales pone una nota vigorosa en el conjunto.

Ponemos unas piedras para asegurar el buzón, y en el libro datos del itinerario.

Bajamos a la grieta y miramos en dirección contraria por donde subimos, o sea dando vista a la canal hacia el Sur. Vamos a intentar una de las cosas más difíciles en escaladas: atravesar la montaña; para ello vamos a usar la técnica del descenso, un anillo de cuerda metido en un resalto de la piedra y las cuerdas de escalada unidas para llegar al primer alto que hemos de hacer, pasadas por éste.
El primero que se lanza en rappel es Ricardo hasta una pequeña cornisa, a diecinueve metros justos, donde me aguarda.

Pronto me reúno con él; este primer descenso impresiona por toda la verticalidad; tiramos de la cuerda, que recobramos después de algunas tentativas, por haberse arrollado algo y no verse desde abajo su posición.
Otro anillo más y quince metros más «rappeleando». Este anillo le recobramos también, por si nos quedamos sin cuerda de anillos; después otro de doce o catorce metros, que al intentar cobrar su correspondiente anillo se enreda la cuerda y subo por él, descendiendo sin ella.

En este momento una nube empieza a descargar un fuerte aguacero; no hay sitio donde meterse únicamente preservamos a las cuerdas del agua, que dura unos treinta minutos.
La roca se ha puesto imposible para la goma del calzado y esperamos unos minutos a que se oree.
Un anillo, y a lanzarse al vacío en un rappel colgado y emocionante de 16 metros a una estrecha plataforma. En este descenso, por ir cansado, he usado el procedimiento de bajar de costado, frenando con el cuerpo en la roca.
No podemos continuar bajando, pues nos queda bastante más de lo que hemos descendido, y acordamos hacer una travesía a una cresta que creo reconocer de haber estado esta mañana.
Efectúo la travesía con todo cuidado, confiándome por entero a las manos, pues el verdín que cubre estas paredes, al mojarse, ha puesto la roca resbaladiza y un mal paso en estos sitios es la muerte allá abajo, en las negruras de la canal.
Remonto unas piedras verticales, sueltas y difíciles, y llego a la cresta, que es la que me figuraba. Después cruza Ricardo, y descendemos a la horcada por la que pasamos esta mañana, haciendo un rappel de despedida.
Vamos pasando por los mismos sitios que al subir, pero tan peligrosos por el agua caída, que se hacen necesarias toda nuestra prudencia y serenidad para salir bien librados.
Al fin respiramos satisfechos: todo peligro ha desaparecido al pisar seguros el suelo de la Apretura, por la que continuamos hacia arriba para contemplar desde el covacho el pico recién conquistado y sacar un croquis de la escalada.
Llueve ligeramente y a buen paso descendemos a nuestro campamento, donde llegamos con la última luz del crepúsculo.
La jornada ha sido durísima: trece horas hemos empleado desde que salimos esta mañana, sin apenas alimentarnos; pero el desquite llega con la cena, que devoramos hambrientos, y en seguida a nuestros sacos por un descanso bien ganado.
¡Qué distintas las dos noches!; la primera la preocupación por la escalada, con la duda y la interrogante del éxito; en ésta, una obsesión se ha apoderado de mi cerebro y el bisturí del recuerdo se clava en él. Por mi imaginación desfilan como una proyección cinemática todas las fases de la escalada, y es el paso de la piedra interpuesta lo que siempre veo; es una visión tan fuerte y tenaz, que me hace daño.
A mi invocación ha acudido Morfeo, el dios del sueño, el buen amigo que disipa con su soplo bienhechor la imagen dolorosa de un momento decisivo que pasó.
Mayo de 1933.
Notas de la dirección (también recogidas en la Revista Ilustrada de Alpinismo Peñalara año 1933).
– El firmante de este artículo y su compañero, ambos escaladores del Naranjo de Bulnes, afirman haberles sido más difícil vencer el Torreón que el célebre pico por su cara Sur, por su escalada complicada y variada. Este pico creen pueda ser la figura representativa del Grepon de los Alpes, aunque de escalada más corta.
– El 11 de junio lograron culminarlo los «peñalaros», Ángel Tresaco y Enrique Herreros, y el 12 de julio, en formidable ascensión, el también «peñalaro», y bravo escalador Miguel López.
– Por el relato y fotografías del artículo, podrán darse cuenta los socios de Arenas-Gredos, autores de la nota publicada en La Región, que el pico escalado nada tiene que ver con el por ellos alcanzado, que creemos sea el conocido por «Alto Galayo».
Si te interesan la historia del alpinismo, puede apetecerte:
– Leer este otro artículo sobre la Primera Ascensión del Naranjo de Bulnes.
– Revisar esta colección de películas y documentales sobre alpinismo.
¿Tienes ilusión por escalar el Torreón de Los Galayos?
Puedes hacerlo acompañado por un guía, junto a SERAC – Guías de Montaña, en nuestra página web tienes un completo dosier con la información acerca de las posibilidades para la Escalada al Torreón de Los Galayos.
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- Por teléfono: 666.823.206
- Mediante correo electrónico: info@seracguias.com
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